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Cada 25 de septiembre se celebra el Día Mundial del Farmacéutico, una fecha que tiene su origen en la creación de la Federación Internacional Farmacéutica (FIP), fundada ese día y mes de 1912. Desde entonces, esta jornada se transformó en una oportunidad para reconocer el aporte de los farmacéuticos a la salud de las personas y de las comunidades.

Pero celebrar esta fecha no debería limitarse a felicitar a quienes ejercen la profesión. También debería servir para preguntarnos qué significa hoy ser farmacéutico y cuál es el verdadero alcance de su responsabilidad sanitaria.

La respuesta es mucho más amplia que la imagen tradicional de quien dispensa medicamentos, como aparece en cualquier publicidad de televisión.

El farmacéutico es el profesional especializado en el medicamento a lo largo de todo su ciclo de vida: desde su investigación y desarrollo, pasando por su producción y control, hasta su distribución, dispensación, utilización y vigilancia posterior. Allí donde existe un medicamento, existe una responsabilidad farmacéutica.

TRES ÁMBITOS, UNA MISMA RESPONSABILIDAD

La profesión farmacéutica tiene múltiples escenarios de ejercicio. Entre ellos, tres adquieren una relevancia particular: la industria farmacéutica, la farmacia hospitalaria y la farmacia comunitaria u oficinal.

En la industria, el farmacéutico participa en una etapa que muchas veces permanece invisible para la sociedad. Detrás de cada medicamento existen procesos de investigación (como hacen muchos docentes de esta Facultad), formulación, desarrollo galénico, producción, control y aseguramiento de la calidad. También interviene en asuntos regulatorios, estabilidad, validación de procesos, investigación clínica, farmacovigilancia y gestión de riesgos.

Por eso, cuando un medicamento llega al fin a un paciente, no se trata simplemente de un producto fabricado en una planta industrial. Es el resultado de un complejo proceso científico y tecnológico en el que el conocimiento farmacéutico ocupa un lugar central.

En el hospital, esa responsabilidad adquiere otra dimensión. El farmacéutico hospitalario debe garantizar que los medicamentos estén disponibles, correctamente almacenados, preparados y distribuidos, pero su función no termina allí.

Participa, asimismo, en la selección de medicamentos, evaluación de tratamientos, gestión de adquisiciones y stocks, elaboración de preparaciones magistrales y estériles, manejo seguro de medicamentos peligrosos, dispensación, información sobre medicamentos, farmacovigilancia y prevención de errores de medicación.

Además, cada vez resulta más necesaria su integración efectiva en los equipos asistenciales.

La conciliación de tratamientos, la optimizacion de la farmacoterapia, la participación en programas de uso racional de antimicrobianos y la intervención en la seguridad del paciente son ejemplos de actividades en las que el conocimiento del farmacéutico puede modificar de manera concreta la calidad de la atención.

El farmacéutico hospitalario no es simplemente quien entrega medicamentos dentro del hospital. Es un profesional responsable de que el medicamento sea utilizado de manera segura, eficaz y adecuada en un paciente concreto.

En la farmacia comunitaria u oficinal, el farmacéutico representa, para millones de personas, uno de los contactos más accesibles y frecuentes con el sistema sanitario.

Su tarea tampoco puede reducirse a entregar una caja o interpretar una receta (algo que hacen con una habilidad excepcional). La dispensación profesional implica evaluar la prescripción, identificar posibles problemas relacionados con los medicamentos, detectar interacciones o situaciones que requieran derivación, orientar al paciente y promover el uso racional.

La farmacia comunitaria puede además desarrollar actividades de educación sanitaria, prevención, promoción de la salud, farmacovigilancia y acompañamiento de pacientes con tratamientos crónicos.

La farmacia es, en este sentido, mucho más que un lugar donde se adquieren medicamentos: es un establecimiento sanitario en el que el farmacéutico ejerce una responsabilidad profesional frente a cada paciente que consulta.

UNA PROFESIÓN QUE CAMBIÓ PORQUE CAMBIÓ EL MEDICAMENTO

La profesión farmacéutica ha evolucionado profundamente.

El medicamento del siglo XXI es cada vez más complejo. Existen terapias biológicas, medicamentos de alta complejidad, terapias avanzadas, medicamentos huérfanos, sistemas personalizados de administración y tratamientos cuyo manejo exige conocimientos altamente especializados.

Al mismo tiempo, los pacientes presentan tratamientos más complejos, mayor expectativa de vida y una creciente exposición a múltiples medicamentos.

En este contexto, la profesión farmacéutica no puede permanecer limitada a una función exclusivamente logística o comercial.

EL VALOR DEL FARMACÉUTICO ESTÁ ¡EN SU CONOCIMIENTO!

Ese conocimiento permite garantizar la calidad de los medicamentos, mejorar su utilización, prevenir riesgos y contribuir a que los tratamientos produzcan el beneficio esperado con el menor daño posible.

Por eso, industria, hospital y farmacia comunitaria no son mundos aislados. Son diferentes momentos de una misma cadena sanitaria.

Investigar y desarrollar → producir → controlar → almacenar → distribuir → dispensar → utilizar → evaluar y vigilar.

En cada uno de esos pasos existe una responsabilidad profesional que requiere conocimiento farmacéutico.

CELEBRAR TAMBIÉN ES REIVINDICAR

El Día Mundial del Farmacéutico debería ser, entonces, mucho más que una fecha conmemorativa.

Debería ser una oportunidad para reconocer que los sistemas de salud necesitan farmacéuticos integrados plenamente a sus estructuras y equipos de trabajo.

Necesitamos farmacéuticos en los hospitales, no solamente para gestionar medicamentos, sino para participar activamente en la seguridad del paciente y en las decisiones relacionadas con la farmacoterapia.

Necesitamos farmacéuticos en las farmacias comunitarias, no solamente como responsables de la dispensación, sino como profesionales sanitarios accesibles para la población.

Y necesitamos farmacéuticos en la industria, no solamente en la producción, sino en todos aquellos procesos científicos, tecnológicos y regulatorios que permiten que un medicamento llegue al mercado con calidad, seguridad y eficacia.

El desafío actual no es solamente defender una profesión. Es hacer visible el valor sanitario que esa profesión aporta.

Porque cuando el farmacéutico está donde debe estar, el medicamento deja de ser considerado simplemente un producto y vuelve a ocupar su verdadero lugar: el de una herramienta fundamental para cuidar la salud.

Hace más de un siglo, la creación de la FIP dio origen a una fecha destinada a reconocer internacionalmente a los profesionales farmacéuticos.

Más de cien años después, el desafío continúa siendo vigente.

Cambió la tecnología. Cambió la industria. Cambiaron los medicamentos. Cambiaron los hospitales y cambiaron las necesidades de los pacientes.

Pero permanece una responsabilidad esencial: garantizar que los medicamentos sean de calidad y que sean utilizados de manera segura y efectiva.

Por eso, el 25 de septiembre no es solamente el Día Mundial del Farmacéutico. Es también el día para recordar que hablar de medicamentos es hablar de salud; y hablar responsablemente de medicamentos implica necesariamente hablar de farmacéuticos.

Eduardo Lagomarsino es doctor en Farmacia por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y profesor titular de la Cátedra de Farmacia Clínica, Facultad de Farmacia y Bioquímica, UBA.