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Un equipo argentino del Instituto NANOBIOTEC-CONICET de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (UBA), en conjunto con el Instituto Antártico Argentino, investiga cómo una resistente gramínea nativa, Deschampsiaantarctica, puede ayudar a remediar los suelos contaminados por gasoil en la Antártida. Una investigación que pone a prueba a los científicos en uno de los lugares más extremos del planeta.

EL DESAFÍO DE LA VIDA EN UN AMBIENTE EXTREMO

“La Antártida es una tierra inhóspita y despiadada, pero no estéril. La vida persevera.” Un manicomio en el fin del mundo, JulianSancton.

Más de un siglo atrás, el naturalista Emil Racovitza escaló una pared rocosa bajo el ataque de unas aves para recoger unas briznas de hierba. No era cualquier hierba: era Deschampsia antarctica, la planta con flor que crece más al sur del planeta. Aquella muestra marcó el inicio del registro científico de una especie que, más de cien años después, vuelve a ser protagonista de otro desafío: ayudar a limpiar los suelos contaminados por gasoil en el continente blanco.

El doctor Lucas Ruberto, jefe del Departamento de Microbiología del Instituto Antártico Argentino e investigador independiente del CONICET en el NANOBIOTEC recuerda su primera campaña antártica:“Mi viaje fue a través de un vuelo a Marambio. Te deslumbra lo que ves cuando llegás: la belleza del paisaje es increíble. El primer frío te choca, y después el cuerpo se acostumbra”.

Cada verano, científicos argentinos viajan a distintas bases en un continente dedicado exclusivamente a la paz y a la ciencia. Entre ellas se encuentra la Base Carlini, en la isla 25 de Mayo, donde el grupo de microbiología ambiental del Instituto NANOBIOTEC desarrolla gran parte de su trabajo.

El verano en Base Carlini, Isla 25 de Mayo, Antártida Argentina.

Cada base está diseñada para resistir condiciones extremas año tras año: vientos que superan los 100 km/h y temperaturas que pueden descender a –20 °C. En las zonas costeras, como Carlini, la corrosión del salitre y los movimientos del terreno exigen reparaciones constantes. Mantener una base operativa en el fin del mundo no solo depende de la tecnología, sino también de la cooperación humana que la sostiene. “Ver los témpanos, los pingüinos, los elefantes marinos… fue deslumbrante”, continúa Lucas. “Pero lo que más me marcó fue la convivencia. El compañerismo antártico es único y difícil de encontrar en otros ámbitos”.

En cada campaña, científicos y personal militar conviven y trabajan juntos en un entorno donde todo depende de todos. La calefacción, la energía, las comunicaciones, la cocina y los laboratorios funcionan como una comunidad aislada físicamente del resto del mundo. En ese escenario, surge una pregunta inevitable: ¿Cuál es la fuente de energía que mantiene a las bases en funcionamiento y, al mismo tiempo, pone a prueba el equilibrio ambiental del continente blanco?

MOTOR Y COMBUSTIBLE

La vida en una base antártica depende de algo tan básico como difícil de transportar: el gasoil antártico, el GOA. De él dependen la calefacción, el agua caliente, los generadores y cada espacio que permite que la ciencia continúe en medio del clima más extremo del planeta.

“A veces es difícil pensar en las ventajas de una fuente de energía no renovable”, reflexiona Catalina Basile, licenciada en Ciencias Ambientales y actual becaria doctoral de CONICET. “Pero viviendo en la base entendés por qué se usa. Es la más confiable, y acá no te podés dar el lujo de quedarte sin energía.” Confiabilidad es la palabra clave. En la Antártida no hay margen de error.

Las alternativas —paneles solares, aerogeneradores— pueden fallar bajo una tormenta, quedar tapadas de nieve o ser insuficientes durante semanas sin luz. Lucas es contundente: “No podés exponer la vida de treinta o cuarenta personas al depender de si los paneles funcionaron bien. Necesitás electricidad, porque con electricidad calefaccionás la base y haces funcionar las máquinas”.

Pero toda esa energía tiene un costo ambiental. Cada verano, los barcos de la Armada —los avisos y el rompehielos ARA Almirante Irízar— transportan miles de litros de GOA hacia las bases. El combustible se transfiere a enormes contenedores movilizados en helicóptero. Y ahí aparece el riesgo.

“Uno imagina que eso se maneja con una precisión absoluta», recuerda Ruberto. “Pero no es tan así. Los rolling—los tanques grandes que llevan los helicópteros— golpean fuertemente contra el piso. Y siempre pensé: ¿qué pasa si uno de estos revienta?”. La pregunta no es retórica. Cada caída, cada trasvase, cada movimiento del combustible en un clima impredecible abre la posibilidad de derrames, pequeños pero acumulativos, que terminan infiltrándose en el suelo.

Como explica Catalina Basile, basta ver de cerca el proceso para entender por qué pueden ocurrir errores: personas trabajando muchas horas seguidas, con viento, nieve o de madrugada, manipulando tanques enormes sobre un terreno helado. “Es muy fácil imaginar que todo es ordenado y preciso”, señala, “pero allá afuera las condiciones son extremas”. En ese contexto, dice, lo más importante es la reacción inmediata: avisar, coordinar y actuar en conjunto.

Aviso en la costa de la Base Carlini

Las condiciones del continente imponen sus propias reglas, y con ellas aparece un dilema real: ¿cómo remediar un suelo contaminado por hidrocarburos cuando el tratamiento está a miles de kilómetros y la legislación ambiental prohíbe trasladar tierra fuera de la Antártida?

La respuesta a ese dilema no vino en forma de maquinaria pesada ni de tecnologías importadas. Vino en forma de un pequeño pasto, flexible, que se aferra al suelo congelado desde hace miles de años. Deschampsia antarctica, una de las únicas dos plantas vasculares que habitan la Antártida, lleva más de un siglo sorprendiendo a quienes la estudian.

Francisco Massot, investigador en el Instituto Antártico Argentino y en el Instituto NANOBIOTEC recuerda que vio Deschampsia antarctica apenas llegó al continente. Después del impacto inicial de aterrizar en un Hércules sobre permafrost, describe el paisaje como un ambiente “subantártico”, similar a una alta cordillera: roca, nieve dispersa y manchas verdes inesperadas.

Mientras esperaba la embarcación que lo llevaría a la base, caminó por la costa de la zona de Frei y la encontró. “Uno imagina hielo por todos lados, pero en verano aparece bastante verde. Mucho de eso son musgos y líquenes, pero también hay Deschampsia”, recuerda. Su primer encuentro con la planta fue ahí: una presencia discreta, pero visible, en medio del paisaje frío y rocoso.

 Catalina y Francisco camino al sitio de muestreo.

Massot explica el origen de su proyecto sin rodeos: “Mi plan fue desarrollar estrategias de fitorremediación para complementar el proceso de biopilas, que ya alcanzaba un 75–80% de remoción de hidrocarburos”. El proceso primario de biopilasse explica en este artículo relacionado: https://enfoco.ffyb.uba.ar/biotecnologia-para-al-cuidado-del-medio-ambiente-en-antartida/

La fitorremediación utiliza plantas para reducir, transformar o inmovilizar contaminantes del suelo. Las raíces absorben parte del compuesto, estimulan comunidades microbianas que degradan hidrocarburos y modifican la rizosfera, reduciendo la toxicidad del suelo.

Pero si la planta parece una aliada perfecta en el campo, trabajar con ella en el laboratorio revela una historia muy distinta.

EL DESAFÍO DE TRABAJAR CON UNA PLANTA QUE NO SE DEJA DOMESTICAR


Si estudiar una planta en la Antártida es difícil, cultivarla en un laboratorio del continente puede ser aún más complejo. Deschampsia antárctica no es trigo, no es Arabidopsis: no está hecha para germinar en bandejas ni crecer bajo luces artificiales. Es una especie que sobrevivió a glaciaciones enteras y que parece empeñada en recordarle a los científicos que no se domestica fácilmente.

Catalina Basilenos cuenta: “No manejar la semilla fue tremendo” .Tener semillas es el punto de partida para cualquier experimento, pero la semilla de Deschampsia es casi críptica. “Encontré un solo trabajo donde lograron germinarla, y tardaba dos años”, cuenta. “En los tiempos de un doctorado eso es imposible.”

Deschampsia antartica bajo estudio en el laboratorio argentino. 

La falta de semillas los obligó a trabajar casi exclusivamente con esquejes: clones con muy poca variabilidad genética. Si el stock se pierde, no hay forma rápida de reemplazarlo sin volver a la Antártida, algo inviable bajo el Protocolo de Madrid. “No podemos depredar toda la Antártida”, explica Basile.

Por eso, el equipo desarrolló —con paciencia y ensayo-error— un sistema de cultivo in vitro para multiplicar la planta sin afectar las poblaciones silvestres. “No es fácil poner a punto el cultivo in vitro de una especie que no es comercial”, admite, “pero lo resolvimos bastante bien”, aporta.

Francisco Massot agrega otro nivel de dificultad: trabajar con una planta implica trabajar con sus microorganismos. Planta y microbios funcionan como un holobionte, pero a nivel experimental deben separarlos para estudiar sus efectos independientemente y luego reconstruir la interacción. “Siempre divido por un lado microorganismo y, por el otro, planta”, explica.

Y surge otro obstáculo: la falta de información. “Los microorganismos asociados a Deschampsia están pobremente reportados”, señala Massot. “Trabajamos con géneros donde hay dos o tres especies registradas en el mundo. Son muy poco conocidos, pero parecen tener un rol clave en la tolerancia al hidrocarburo”.

Catalina coincide: “En otras especies hay bases de datos enormes. Acá no. No hay tanta información como en soja o trigo. Y eso también forma parte de trabajar en la Antártida.”

Esa combinación de dificultades y resultados inesperados llevó al equipo a una pregunta clave: ¿hasta dónde puede tolerar esta planta?

LA PLANTA QUE NO SE AMEDRENTA FRENTE AL GASOIL

Cuando el equipo llevó a Deschampsia antarctica al laboratorio, confiaban en su resistencia. Pero nada los preparó para los valores que obtuvieron en un experimento donde la sometieron a distintas concentraciones de GOA. Basile lo sintetiza así: “Si bien le teníamos mucha fe, las concentraciones que puede tolerar fueron mucho más altas de lo que esperábamos”.

En condiciones in vitro, donde el gasoil está completamente biodisponible—una situación más agresiva que cualquier suelo real—la variable más sensible fue el desarrollo radicular. Sin embargo, incluso ahí, los resultados fueron sorprendentes. Y explica: “Vimos una dosis de inhibición 50 de 3.741 partes por millón… y eso es altísimo. Muchos estudios en gramíneas reportan esa dosis como letal”. La dosis de inhibición 50 —o DI₅₀— indica hasta qué nivel de contaminación la planta puede resistir antes de que su crecimiento y desarrollo se reduzcan en un 50%.

Ensayo a campo, hielo en la costa y glaciar de fondo.

El contraste es fundamental: para varias especies estudiadas, 3.000 ppm marcan la muerte. Para Deschampsia, 3.741 ppm producen recién un 50% de inhibición en el crecimiento de la raíz. Aun bajo estrés, la planta sigue activa, fotosintetizando y manteniendo metabolismo funcional.

Pero el verdadero salto ocurrió cuando pasaron del laboratorio al campo.

Las condiciones reales de la Base Carlini —suelo pobre, viento constante, ciclos de congelamiento, microorganismos nativos— cambiaron por completo el resultado. La tolerancia aumentó. Mucho.

La investigadora lo explica con una mezcla de asombro y cautela científica: “Esperábamos que fuera más tolerante a campo, pero la diferencia fue mucho más alta de la que imaginábamos. No pudimos ni siquiera encontrar la dosis 50, porque se pasaban de lo que estudiamos.”

El equipo simuló un derrame de 40.000 ppm de hidrocarburos. A esa concentración, cualquier otra gramínea estudiada en condiciones comparables entra en colapso fisiológico. Pero en Deschampsia, no. “La planta no llegó a su dosis 50. No pierde viabilidad. Sigue activa fisiológicamente a esas concentraciones. Esperábamos ver muerte, no la vimos”.

Para una planta nativa, sin manipulación genética, sin domesticación previa y sin antecedentes de uso sistemático en biotecnología ambiental, esta tolerancia es excepcional.

LO QUE DESCHAMPSIA ANTARTICA AÚN TIENE POR CONTAR

Aun bajo estrés, Deschampsia mantuvo actividad fisiológica, lo que confirma su enorme potencial para remediar suelos impactados por hidrocarburos.Pero la planta no está sola. Para Ruberto, el futuro pasa por comprender y aprovechar el microbioma que la acompaña:“Esta línea tiene mucho futuro: estudiar la comunidad microbiana asociada a Deschampsia abre mundos profundos, incluso el desarrollo de consorcios simplificados para campo”. Ese camino incluye modelos aplicados como las ecopilas y, a la vez, preguntas más amplias sobre la respuesta al estrés en ambientes fríos.

Por su parte, Massot lo resume desde la perspectiva conceptual:“El objeto de estudio real es la interacción planta–microorganismo. Lo que observamos acá también puede servir para entender respuestas al estrés en otros climas fríos o áridos”.

Así, el cierre no es un punto final, sino el comienzo de una tecnología ambiental que seguirá creciendo. Desde una planta pequeña y un microbioma casi desconocido,emerge una línea de trabajo que promete aportar soluciones reales a uno de los problemas ambientales de la Antártida.

Deschampsia antartica en un experimento a campo junto a los científicos, Lucas, Catalina y Francisco.

Enzo Pereyra es licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad Nacional de Río Cuarto, Córdoba. Actual doctorando de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, en el Instituto de Nanobiotecnología (NANOBIOTEC, UBA-CONICET), del grupo de Microbiología Ambiental de Antártida, actual miembro de la línea de micología antártica. Se formó en el Curso de Divulgación de FFyB – UBA.

EQUIPO DE INVESTIGACIÓN

Lucas Ruberto es bioquímico y doctor de la Universidad de Buenos Aires, docente autorizado de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, jefe del Departamento de Microbiología del Instituto Antártico Argentino (IAA) e investigador independiente del CONICET en el Instituto de Nanobiotecnología (NANOBIOTEC- FFyB – UBA). Jefe de trabajos prácticos de la cátedra de Biotecnología (FFyB – UBA).

Francisco Massot es investigador en el Instituto Antártico Argentino y en el Instituto NANOBIOTEC de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, Universidad de Buenos Aires (NANOBIOTEC- FFyB – UBA).Catalina Basile es licenciada en Ciencias Ambientales, becaria doctoral de CONICET en el Instituto NANOBIOTEC de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, Universidad de Buenos Aires (NANOBIOTEC- FFyB – UBA).

FUENTES

Basile Dazzi, C., Massot, F., Piotto, M., Recalde, L., Ricco, M. V., Mac Cormack, W., Ruberto, L. (2025). Diesel Tolerance in the Antarctic Grass Deschampsia antarctica: From Laboratory to Field in Extreme Conditions. Physiol Plant., 177(4):e70362. doi: 10.1111/ppl.70362.

Sancton, J. (2021). Un manicomio en el fin del mundo: La expedición antártica de 1915 que se convirtió en una lucha por la supervivencia. Barcelona: GeoPlaneta.

Nota de interés: HONGOS DE LA ANTÁRTIDA: DESCUBRIMIENTOS INESPERADOS Y TESOROS BIOTECNOLÓGICOS https://enfoco.ffyb.uba.ar/hongos-de-la-antartida-descubrimientos-inesperados-y-tesoros-biotecnologicos)