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Hoy utilizamos la palabra “virus” para describir un grupo bien definido de agentes infecciosos. En una época dominada por la bacteriología, se asumía que detrás de cada enfermedad infecciosa existía una bacteria aún no descubierta. Pero una serie de experimentos realizados entre 1892 y 1901 comenzarían a desafiar esa idea.

UN MUNDO DOMINADO POR LAS BACTERIAS

A finales del siglo XIX la microbiología atravesaba una auténtica revolución. Los trabajos de Louis Pasteur y Robert Koch habían demostrado que numerosas enfermedades infecciosas eran causadas por microorganismos específicos. El ántrax, la tuberculosis y el cólera, entre muchas otras, dejaron de ser fenómenos misteriosos para convertirse en problemas biológicos con una causa identificable.

Estos descubrimientos consolidaron la teoría microbiana de la enfermedad y transformaron la medicina de la época. La lógica era simple: si una enfermedad era infecciosa, debía existir una bacteria responsable.

En este contexto, las técnicas de filtración adquirieron gran importancia. Los filtros de porcelana desarrollados por Charles Chamberland y los filtros Berkefeld permitían retener bacterias y otros microorganismos presentes en líquidos biológicos. Si un material perdía su capacidad infecciosa después de atravesarlos, se asumía que la enfermedad era causada por una bacteria. El razonamiento parecía sólido y encajaba con los conocimientos de la época.

LAS PRIMERAS PISTAS: PLANTAS Y ANIMALES

La historia de los virus no comenzó en un hospital ni en un laboratorio de medicina, sino en los campos de cultivo. Durante la segunda mitad del siglo XIX, agricultores observaban una enfermedad que afectaba a las plantas de tabaco y provocaba manchas irregulares en sus hojas, reduciendo su rendimiento. La enfermedad, conocida como mosaico del tabaco, se convertiría en el escenario de uno de los descubrimientos más importantes de la microbiología.

En 1892, el botánico ruso DmitriIvanovsky estudió la enfermedad utilizando filtros Chamberland, diseñados para retener bacterias. Para su sorpresa, el extracto obtenido de plantas enfermas continuaba siendo infeccioso incluso después de atravesar el filtro. Ivanovsky interpretó el resultado dentro de los conocimientos de la época y propuso que podía tratarse de una bacteria extraordinariamente pequeña o de una toxina producida por ella.

El microbiólogo neerlandés Martinus Beijerinck retomó el problema y propuso que el agente infeccioso no era una bacteria convencional, sino una entidad biológica distinta. Para describirla utilizó la expresión latina contagium vivum fluidum, que podría traducirse como “fluido vivo contagioso”. Esta idea planteaba, por primera vez, la existencia de agentes infecciosos que no encajaban dentro de las categorías tradicionales de la microbiología.

Ese mismo año, 1898, Friedrich Loeffler y Paul Frosch investigaban la fiebre aftosa, una enfermedad que afectaba al ganado. Al igual que en el caso del mosaico del tabaco, comprobaron que el agente atravesaba filtros capaces de retener bacterias. Sus resultados sugerían que el fenómeno no estaba limitado a las plantas.

Durante varios años persistieron debates sobre la naturaleza de estos agentes “filtrables”. ¿Eran bacterias extremadamente pequeñas, toxinas o una forma de vida completamente desconocida?

LA AMENAZA DE LA FIEBRE AMARILLA

A finales del siglo XIX, pocas enfermedades generaban tanto temor como la fiebre amarilla. Sus brotes podían paralizar ciudades enteras, afectar el comercio internacional y causar miles de muertes en pocos meses. Además de su impacto sanitario, tenía importantes consecuencias económicas y políticas.

En 1881, durante una conferencia en La Habana, el médico cubano Carlos Juan Finlay presentó una idea que desafiaba las explicaciones existentes sobre la enfermedad. Según su propuesta, esta no se transmitía por contacto directo ni por el aire, sino a través de la picadura de un mosquito que actuaba como intermediario.

La hipótesis implicaba que el agente causal debía pasar parte de su ciclo dentro de un insecto y que la simple presencia de un enfermo no bastaba para producir nuevos casos. Estas ideas contrastaban con las teorías aceptadas en la época, que atribuían la propagación a condiciones ambientales, contagio directo o miasmas, un efluvio maligno que, según se creía, desprendían los cuerpos enfermos.

Finlay identificó al mosquito responsable de la transmisión, hoy conocido como Aedes aegypti, y desarrolló observaciones epidemiológicas para respaldar su propuesta. También realizó experimentos de inoculación mediante mosquitos alimentados previamente con pacientes enfermos. Sin embargo, los resultados eran difíciles de reproducir y no lograron convencer a la comunidad científica.

En 1900, tras la guerra hispano-estadounidense, Cuba continuaba enfrentando brotes recurrentes. Con el objetivo de comprender la enfermedad y proteger a las tropas, el Ejército de los Estados Unidos creó la Comisión de Fiebre Amarilla, integrada por Walter Reed, James Carroll, Jesse Lazear y Aristides Agramonte.

CONFIRMANDO UNA IDEA IMPROBABLE

Cuando la Comisión llegó a Cuba, la hipótesis de Finlay llevaba casi veinte años sin ser aceptada. Decidieron ponerla a prueba mediante experimentos cuidadosamente controlados.

Utilizaron mosquitos Aedes aegypti que habían sido alimentados con pacientes enfermos. Posteriormente, los insectos fueron mantenidos vivos durante varios días antes de permitirles picar a voluntarios sanos. Este detalle resultó crucial: el mosquito no adquiría la capacidad de transmitir la enfermedad de manera inmediata, sino tras un período de aproximadamente dos semanas.

Los resultados fueron contundentes. Los voluntarios expuestos a mosquitos infectantes desarrollaron fiebre amarilla. Para descartar otras explicaciones, algunos voluntarios permanecieron durante semanas en habitaciones que contenían ropa, sábanas y objetos utilizados por pacientes enfermos, una situación que reproducía las condiciones que muchos médicos consideraban responsables del contagio. Sin embargo, ninguno de ellos desarrolló la enfermedad.

Las investigaciones no estuvieron exentas de riesgos. Jesse Lazear, uno de los miembros de la Comisión, contrajo la enfermedad durante el estudio y falleció poco después. Su muerte puso de manifiesto el peligro que enfrentaban quienes investigaban la enfermedad.

La pregunta sobre cómo se transmitía la enfermedad parecía resuelta. Sin embargo, quedaba un misterio mayor: ¿qué era exactamente lo que el mosquito inoculaba?

BUSCANDO AL CULPABLE INVISIBLE

En una época dominada por la bacteriología, como ya se ha dicho, la explicación más razonable era la existencia de una bacteria. Sin embargo, no se había logrado identificar ningún microorganismo que explicara la enfermedad.

Los investigadores conocían los trabajos sobre el mosaico del tabaco y la fiebre aftosa, donde el agente infeccioso atravesaba filtros bacterianos. Inspirados por estos antecedentes, decidieron aplicar una estrategia similar.

El razonamiento era sencillo: si la enfermedad estaba causada por una bacteria, el filtrado debería perder su capacidad infecciosa. Si no, el agente debía ser diferente.

James Carroll y sus colaboradores obtuvieron muestras de sangre de pacientes enfermos y prepararon suero que hicieron pasar por filtros Berkefeld. Según los conocimientos de la época, como ya se ha dicho, el procedimiento debía eliminar cualquier microorganismo capaz de causar la enfermedad. Sin embargo, ocurrió lo contrario: el filtrado seguía siendo infeccioso. Cuando fue inoculado a voluntarios, estos desarrollaron fiebre amarilla.

Hoy sabemos que aquellos experimentos demostraban la presencia de partículas virales en la sangre de los pacientes. Sin embargo, los investigadores no disponían de microscopios capaces de observarlas ni de técnicas para aislarlas. Solo podían concluir que la fiebre amarilla estaba causada por un agente infeccioso extraordinariamente pequeño, invisible para la tecnología disponible y ajeno a las categorías tradicionales de la bacteriología.

Aquel “culpable invisible” se convertiría en el primer agente viral humano registrado experimentalmente, marcando el inicio de una nueva forma de entender las enfermedades infecciosas.

EL NACIMIENTO DE LA VIROLOGÍA HUMANA

En retrospectiva, aquellos agentes filtrables serían reconocidos como virus. Sin embargo, el concepto moderno aún estaba lejos de consolidarse. Los investigadores seguían discutiendo si se trataba de microorganismos extremadamente pequeños, formas de vida desconocidas o entidades biológicas completamente diferentes. Lo verdaderamente importante era que la explicación tradicional ya no resultaba suficiente.

Con el tiempo, nuevas herramientas permitieron aislar, caracterizar y clasificar miles de virus. Hoy sabemos que el agente causal de la fiebre amarilla pertenece al género Flavivirus, un grupo que también incluye a virus como el dengue. Además, la enfermedad cuenta con una vacuna eficaz y segura que ha reducido su impacto en muchas regiones del mundo.

Más de un siglo después, el legado de aquellos experimentos sigue vigente. La historia de la fiebre amarilla recuerda que algunos de los avances más importantes no ocurren cuando encontramos respuestas definitivas, sino cuando descubrimos que las preguntas que veníamos formulando ya no son suficientes.

¿QUIÉNES FUERON LOS VOLUNTARIOS?

A comienzos del siglo XX no existían comités de ética ni regulaciones que protegieran a quienes participaban en estudios clínicos. La Comisión de la Fiebre Amarilla había solicitado a los participantes que firmaran un documento aceptando voluntariamente su participación, procedimiento considerado uno de los primeros antecedentes del consentimiento informado actual.

Muchos voluntarios eran inmigrantes españoles o soldados estadounidenses. Para incentivar la participación, se ofrecía una compensación de 100 dólares en oro, con pagos adicionales para quienes desarrollaran la enfermedad, una cantidad de dinero considerable para la época.

Aunque formalmente voluntaria, historiadores y bioeticistas continúan debatiendo hasta qué punto una recompensa económica tan importante podía influir en la libertad de elección de personas con recursos limitados. Por ello, los experimentos de la Comisión siguen siendo importantes tanto para la historia de la virología como para la ética de la investigación médica.

Jonás Fernández es licenciado en Biotecnología y especialista en Didáctica Universitaria por la Universidad Nacional de Asunción, Paraguay; es becario doctoral en el Centro de Virología Humana y Animal (CEVHAN), CONICET, trabaja en el área de Biología molecular de arenavirus. Se formó en el Curso de Divulgación Científica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, Universidad de Buenos Aires.