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El 18 de octubre se cumplen 80 años de la muerte del fundador del Museo de Farmacobotánica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, que lleva su nombre.

Aunque parezca que no es importante la historia en una Facultad de ciencias de la Salud, o que puede llegar a ser aburrido o innecesario conocerla, vaya que sí lo es. Cuando caemos en la cuenta de que estamos hechos de historia, que es imposible avanzar si no pensamos que nos encontramos parados en los hombros de otras y otros colegas, que con sus esfuerzos sentaron las bases de las ciencias, y que nos ayudaron a construir nuestro presente científico teórico y práctico, ahí la cuestión cambia.

Y cómo no pensar que es nuestra tarea también ser historia que permita a los que nos prosiguen, seguir construyendo este complejo entramado de esfuerzos… Uno o una puede entender entonces cuán importante es conocer de dónde venimos, qué y quiénes fuimos, para así saber también quiénes somos y hacia dónde vamos. Esa es un poco mi idea aquí, contarles de un profesor que fundó un Museo, ese que está en el fondo del primer piso de la Facultad de Farmacia y Bioquímica; que su foto aparece en un mural, sentado al lado de un zorro gris (que fue su mascota), rodeado de naturaleza, de libros y de laboratorios. Pero veremos que no solo fundó un museo, hizo historia, nuestra historia.

Nació hace 150 años, el 21 de mayo de 1876 en el por ese entonces pueblo, hoy ciudad, de Salto (Provincia de Buenos Aires), Juan Aníbal Domínguez. Hijo de Celestino Tristán Domínguez y de Dolores Gonzales. Cursó los estudios primarios en su lugar natal.

Vino a la Capital de Buenos Aires, donde en 1892 realizó el curso preparatorio correspondiente al último año en el entonces “Colegio Nacional de la Capital”, hoy Colegio Nacional Buenos Aires. Fue aceptado hacia fines de 1893 como alumno regular en la entonces Facultad de Ciencia Médicas, para estudiar Medicina, pero hacia agosto de 1894 se enfermó de fiebre tifoidea, lo que le impidió seguir con la regularidad en la cursada. Al año siguiente, optó por el estudio de Farmacia y abandonó la Medicina. El 23 de junio de 1897 se recibió de farmacéutico.

En abril de 1898 el profesor Pedro N. Arata, titular de la materia Química Farmacéutica, lo propuso como “Jefe de trabajos prácticos de laboratorio”, cargo que ocupó hasta 1899. Es notoria la impronta que imprimió esta cátedra, y dos de sus titulares, en el joven Domínguez. En primer lugar, esta fue una de las dos cátedras pioneras de la Escuela de Farmacia en la Facultad de Ciencias Médicas, inaugurada por el farmacéutico italiano Domingo Parodi, quien además fue el primer doctor en Farmacia de la Universidad de Buenos Aires (1881) y uno de los primeros científicos que se dedicó al estudio botánico y químico de las plantas nativas de nuestro país y de Paraguay.

Y, en segundo lugar, por las enseñanzas y consejos que recibió del doctor Arata, que no solo le hizo conocer los trabajos de Parodi, sino también él mismo fue unos de los investigadores más importantes de su época en torno a los extractos de plantas nativas argentinas. Esta impronta, por así llamarla protofitoquímica, acompañó a Domínguez toda su carrera como docente e investigador. 

Un año después, en abril de 1899, fue designado “Profesor suplente” de Farmacognosia, cátedra en la que el titular era el doctor Juan A. Boeri. Para acceder a ese cargo presentó un trabajo titulado “Contribuciones al estudio micrográfico de las drogas simples” que consistía en 80 preparaciones microscópicas de órganos vegetales de uso farmacéutico, junto a sus descripciones botánicas, microscópicas y terapéuticas. Había preparado este material para un curso complementario que impartió entre 1897 y 1898 en la Facultad; el primer curso que había dictado como docente recién recibido.

En mayo de 1899, solicitó licencia en el cargo de profesor suplente y partió hacia la provincia de Córdoba para, entre otras cuestiones, buscar plantas que se emplearan en la medicina local. Consultó sobre sus utilidades a los criollos de los pueblos que visitó: El Totoral, Árbol Blanco, entre otros. Por intermediación, y con la ayuda experta del reconocido botánico alemán Fritz Kurtz, profesor de Botánica de la Universidad de Córdoba, confeccionó con las plantas que recolectó, pliegues de herbario que resultaron en un total de 1836 ejemplares. Reunió también una colección de 255 partes vegetales de especies medicinales a la que le dio el nombre de “materia médica”.

En el legajo de Juan A. Domínguez data una nota enviada el 28 de abril de 1900 al decano Dr. José Baca donde le comenta:

(…) Durante mi estadía en el interior, comprendiendo la importancia que tiene el estudio de nuestra flora médica, tan descuidada para nosotros, siendo como es notorio que no poseemos herbarios públicos y sobre todo que como el de ellos nuestra universidad, mientras que en casi toda las universidades europeas y muy especialmente de Alemania existen colecciones bastante completas de plantas medicinales argentinas, y dejándome llevar por los sabios consejos que hace treinta años diera respecto a nuestra flora, el doctor Domingo Parodi(…) He tratado en la medida de mis fuerzas de contribuir en su conocimiento para lo cual he recolectado muestras diversas de las especies más interesantes, reuniendo con gran trabajo y dificultades una colección que por la presente vengo a donar a esta facultad para que constituya la base de un Museo Farmacológico Argentino que dependa de esta facultad para la enseñanza de sus escuelas, reservándome solo el derecho de poder presentar estas colecciones como parte del trabajo de concurso para optar al premio Félix de Azara en el momento oportuno”.

De esta manera Domínguez donó su herbario, al igual que la colección de materia médica para fundar el Museo de Farmacología. Este se fundó con fecha de 29 de abril de 1900.

En 1901, presentó el trabajo para optar por el premio Félix de Azara, titulado “Algunos datos sobre la flora médica argentina”, y obtuvo el primer premio. Posteriormente, en 1903, con el título “Datos para la Materia Médica Argentina”, lo publicó como el primer trabajo de una serie de publicaciones que se iniciaron desde entonces con el nombre “Publicaciones del Museo de Farmacología” y que con algún cambio de denominación continuó editándose hasta 1939.

En 1904, Domínguez junto a un amigo y socio, fundó la “Farmacia y Laboratorio Químico Domínguez & Rosendo”, que hacia 1928 con la incorporación de su hijo Juan se transformó en el “Laboratorio Domínguez”, denominación que mantiene hasta la actualidad. El laboratorio produjo distintas formas farmacéuticas, entre ellas muchas de origen herbal como el extracto fluido de hojas de amba’ y empleado como expectorante al que denominó Guaraniol, o el de flor de pasionaria, usado como  sedante, al que comercializó como Pasiol y las populares grageas para el tratamiento del paludismo conocidas como Quechuol Domínguez. Esta última fórmula fue ensayada extensamente y se realizaron distintos trabajos entre los que participó conjuntamente al doctor Salvador Massa.

Durante los años siguientes, el profesor Domínguez se ocupó parcialmente del dictado de distintas materias por ausencia de sus titulares: Botánica, Química analítica y toxicología y de Zoología general,  Anatomía y Fisiología comparada, entre otras. Dictó además cursos libres de Química orgánica, Análisis orgánico inmediato y Farmacognosia. Esta práctica forjó a un docente versátil que, con el paso del tiempo, fue adquiriendo más experiencia y reconocimiento por parte de sus pares.

En 1905, recibió por sus trabajos en el Museo, la Medalla Científica de la Academia Internacional de Botánica. En 1909 fue designado vocal de la Comisión Revisora del Codex Medicamentarius y en 1912, fue designado por el Poder Ejecutivo, miembro de la Comisión nacional para el estudio de la Flora Argentina, comisión que un año después presidió hasta su disolución y que tenía por objeto el estudio y redacción de una Flora para nuestro país. Integraron esta comisión, reconocidos botánicos como Ángel Gallardo, Eduardo L. Holmberg, Cristóbal M. Hicken y Miguel Á. Lillo.

Su trayectoria y sus experticias lo llevaron a ocupar distintos cargos. Lo incorporaron en 1915 como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba; fue correspondiente de la Sociedad Científica de Chile; de la Sociedad Geográfica de La Paz, Bolivia; Honorario de la Real Sociedad de Farmacia de Bruselas; de la Sociedad de Farmacia Alemana y de la Sociedad de Química de Francia. Quizás una de las más importantes distinciones fue su selección en 1925 para integrar la Academia Nacional de Medicina como académico titular en el sitial número 30. 

El reconocimiento como profesor ocurrió en 1914 cuando fue designado por concurso profesor titular de Farmacognosia, cátedra que ocupó hasta 1924. Renovó los programas y revalorizó el estudio de las plantas nativas desde un enfoque novedoso, similar al que le había dado el profesor Tschirch en Alemania. Los reconocimientos continuaron, en la sesión del 16 de septiembre de 1919 el consejo superior de la Facultad de Ciencias Médicas resolvió otorgarle el título de Doctor en Farmacia “Honoris Causa” el cual lo recibió formalmente el 27 de junio de ese mismo año.

 Dominguez no descansó en su labor docente y, también en 1919,  ante la aprobación de un nuevo plan de estudios para Farmacia, que incorporó la nueva carrera de Doctorado en Bioquímica y Farmacia impulsado por el profesor Juan Antonio Sánchez, propuso una novedosa Cátedra para el dictado en el segundo año, “Farmacología Argentina y Fitoquímica”, con una visión y enfoque pionero del estudio de las plantas, sus metabolismos y sus compuestos. Fue única en América entera y supo dirigirla hasta 1942, año en que se jubiló y fue designado por el Consejo Superior Universitario, Profesor Honorario.

Tanta ocupación que implicaban el Museo y la nueva Cátedra, lo llevaron a renunciar en 1924 al cargo de Profesor Titular de Farmacognosia. Este tiempo que recuperó le permitió seguir profundizando en estudios de las plantas nativas medicinales. Para 1928 logró culminar su obra más importante, sus “Contribuciones a la Materia Médica Argentina” que lleva una carta-prólogo del exrector de la Universidad de Buenos Aires, el doctor Ricardo Rojas y un juicio crítico de uno de sus alumnos predilectos, el doctor Bernardo A. Houssay. Esta obra obtuvo el Primer Premio Nacional de Ciencias, en la Categoría Ciencias de la Producción Literaria y Científica por su gran contribución al estudio y la caracterización de la flora médica local. Más de 500 plantas nativas fueron abordadas en este estudio.

Ya consagrado como docente e investigador, se dedicó a la divulgación científica, en los círculos especializados, abordó la historia y el empleo de plantas que llamaban mucho la atención en la época por sus efectos químicos y por su importancia cultural. Publicó sobre el opio y los opiómanos en 1921, realizó conferencias sobre la coca y la cocaína en 1928, dio a conocer al caá pí o ayahuasca en los círculos médicos argentinos  y abordó el estudio del hataj (en lengua wichi) o cebil y su empleo chamánico, llevando a cabo estudios de campo en una comunidad wichí de la zona de Las Lomitas, Formosa.

Hacia 1932, el entonces presidente de la Nación Agustín P. Justo lo designó presidente de la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios. Pero esa es otra historia que, por la extensión y complejidad que implica, no es posible abordarla aquí.

En 1939, ante un problema de salud, se produjo una nueva interrupción de su obra científica y docente y tras su jubilación en 1942 se dedicó casi exclusivamente al Instituto de Botánica y Farmacología (nombre que llevaba en ese entonces el Museo) y a la catalogación de todas las colecciones para la posterior mudanza al primer piso del nuevo edificio que se había terminado de construir en el área de la calle Junín 954, correspondiente a la Escuela de Farmacia.  

El profesor Domínguez organizó y pensó cada una de las salas del nuevo espacio para el Museo, situado junto a la Cátedra de Farmacología Argentina y Fitoquímica. Sin embargo, no llegó a habitar ese espacio ya que su salud fue desmejorando hasta que falleció el 18 de octubre de 1946.

Como hemos reseñado hasta aquí, es posible ver la versatilidad de Domínguez, quien desde su juventud con apenas 24 años de edad fundó el actual Museo de Farmacobotánica que hoy lleva su nombre y sigue emplazado en el primer piso de la hoy Facultad de Farmacia y Bioquímica. Se dedicó, como investigador, a la flora médica argentina con trabajos pioneros que abordaron no solo la botánica de muchas plantas nativas poco conocidas en esas épocas, sino a su caracterización microscópica, su caracterización fitoquímica y a la búsqueda de sus principios activos responsables de las distintas acciones terapéuticas. Como docente forjó en los y las estudiantes la necesidad de conocer y estudiar las plantas argentinas y sus utilidades y así logró convencer a distintos jóvenes investigadores e investigadoras que se formaron junto a él en el Museo y en las cátedras de Farmacognosia y Farmacología Argentina y Fitoquímica.

Hoy a 150 años de su nacimiento y 80 años de su muerte decidimos recordarlo, contando algunos de sus logros y hazañas. Actualmente continuamos el legado de Domínguez y no solo los alumnos y científicos acuden al lugar, también abrimos las puertas a los y las visitantes para que puedan viajar un rato por la historia de nuestras profesiones farmacéuticas y bioquímicas. A través del recorrido de las salas se pueden percibir las maravillosas relaciones entre humanos y plantas que este profesor nos permitió conocer por medio de sus colecciones, a las que dio cobijo en el herbario y en los muebles que hoy visten el hermoso Museo de Farmacobotánica “Juan A. Domínguez”.

Leonardo Martín Anconatani es doctor de la Universidad de Buenos Aires (UBA); director del Museo de Farmacobotánica “Juan A. Domínguez”; docente de la Cátedra de Farmacobotánica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA.