Cuando el cuerpo entra en un espacio, percibe antes de entender. Un aire frío, un olor conocido, la forma en la que entra la luz o la escala de un techo encienden sensaciones inmediatas que anteceden al pensamiento. En segundos, el cuerpo traduce información que después la mente intenta explicar. ¿Puede un lugar hacernos sentir seguros o protegidos? ¿Puede otro, al contrario, activar nuestra ansiedad sin que entendamos bien por qué?

Existe un diálogo invisible entre el espacio construido y nuestro cuerpo. Los estímulos que recibimos al habitar un lugar activan respuestas sensoriales, cognitivas y emocionales que forman parte de nuestra experiencia. Rápidamente, nuestro sistema nervioso interpreta información sobre temperatura, color, escala o textura, generando respuestas físicas y hormonales. Por ejemplo, la exposición a la luz natural estimula la producción de serotonina y melatonina, regulando el estado de ánimo y el sueño, mientras que entornos caóticos pueden elevar los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

La propiocepción —la capacidad de percibir la posición, el movimiento y el estado interno del cuerpo— es clave en este vínculo entre cuerpo y espacio. En la arquitectura, muchas veces se deja de lado la importancia de cómo un cuerpo se orienta, se estabiliza y se siente en relación a su entorno. Desde la somática, entendida como la conciencia del cuerpo vivido desde dentro, se vuelve fundamental integrar esta sensibilidad en el diseño. Una superficie inclinada, una baranda mal ubicada o la falta de un punto de apoyo visual pueden alterar profundamente la experiencia del habitar.

ARQUITECTURA Y NEUROCIENCIA

Desde hace varios años, distintas disciplinas están interrelacionándose para poder entendernos mejor a nosotros mismos y el mundo que habitamos. Lo interdisciplinar nos ayuda a dar respuestas más integrales a los problemas actuales, y la arquitectura —como generadora de los espacios que habitamos— no se mantiene ajena. En este contexto, la neurociencia ha cobrado especial relevancia desde la pandemia. Aunque no se trata de una ciencia nueva, cada día hay más interesados en aplicar herramientas provenientes de este campo para mejorar su calidad de vida. A la rama que busca dar respuesta a estas implicancias desde la arquitectura se la conoce como neuroarquitectura.

Desde mediados del siglo XX, científicos y arquitectos comenzaron a investigar cómo el entorno construido afecta el cerebro humano. Uno de los pioneros en este cruce fue el doctor Jonas Salk, médico reconocido por desarrollar la primera vacuna efectiva contra la poliomielitis. Mientras trabajaba en su desarrollo, Salk experimentó un bloqueo creativo y viajó al monasterio de San Francisco en Asís. Atribuyó al diseño, la luz y la calma del lugar su renovación intelectual. Inspirado por esa experiencia, convocó al arquitecto Louis Kahn para crear un espacio que replicara esa atmósfera. Así nació el Instituto Salk en La Jolla, San Diego, concebido para fomentar la creatividad y el bienestar mental de quienes lo habitan. Muchos consideran este proyecto el punto de partida de la neuroarquitectura contemporánea.

© Liao Yusheng

La neuroarquitectura se apoya en herramientas de la neurociencia como el electroencefalograma, la medición de la actividad cardíaca y la respuesta galvánica de la piel —que mide los cambios en la conductividad eléctrica como reacción emocional— para analizar cómo las personas responden ante diferentes entornos. Como explica Frederick Marks, fundador de la Academia de Neurociencia para la Arquitectura (ANFA), “somos seres emocionales que, cada vez que entramos en un espacio, reaccionamos”. Estos estudios permiten observar cómo factores como la luz, la forma, el color o el sonido activan zonas cerebrales relacionadas con el bienestar, la atención o el estrés.

Estudios con realidad virtual permiten aislar variables específicas —como el color de una pared o la distribución espacial— para observar sus efectos en tiempo real sobre funciones cognitivas como la atención o la concentración. Un ejemplo es el proyecto desarrollado por la ANFA junto al New School of Architecture and Design en San Diego, donde se analizaron diferentes diseños de aulas para evaluar su impacto en la atención de los estudiantes. Utilizando sensores fisiológicos y simulaciones inmersivas, se midieron reacciones a variaciones en iluminación, sonido y mobiliario. Los resultados demostraron que ciertos entornos espaciales mejoraban significativamente la concentración, reduciendo los niveles de ansiedad y fatiga cognitiva.

La profesora Mariana Figueiro, directora del Center for Lighting Enabled Systems and Applications (LESA) en el Rensselaer Polytechnic Institute, también ha demostrado cómo la luz regula el ritmo circadiano y su impacto en la salud. Su trabajo muestra que la exposición a luz natural en entornos educativos y laborales mejora el sueño, el estado de ánimo y el desempeño cognitivo.

LA RESPONSABILIDAD DE PROYECTAR PARA UN OTRO

Es necesaria una reflexión sobre el papel que tenemos los arquitectos en diseñar espacios centrados en el bienestar y en el cuidado del sistema nervioso de quienes los viven. En tiempos donde la sobreestimulación, el estrés y la ansiedad forman parte del cotidiano, pensar en arquitecturas que alivien, calmen y contengan se vuelve una tarea no solo técnica, sino también ética. Es primordial entender que nuestro rol es social y que no hay arquitectura sin gente que la habite, la viva, la apropie y la sienta. En nuestro rol como moldeadores de ciudad, trabajamos con cuerpos latentes de experiencias y somos influyentes en las afectaciones que los espacios que creamos tienen en las personas. El diseño exige una escucha activa, una sensibilidad que permita interpretar aquello que muchas veces no se dice con palabras. ¿Qué implica proyectar espacios que atraviesan la vida de otros?

Diseñar no es un gesto neutral. Cada decisión espacial incide en el estado emocional, físico y mental de quienes lo habitan. Por eso, comprender al usuario no puede ser una instancia secundaria. Víctor Feingold, CEO de Contract Workplaces, remarca: “Hasta ahora, estos aspectos respondían a decisiones personales del arquitecto o del cliente. Hoy sabemos que preguntar al usuario qué espacio desea habitar puede cambiar radicalmente el resultado del diseño”.

Pensar el espacio desde la neurociencia y la somática no puede desligarse de nuestro contexto social. En países atravesados por crisis habitacionales y desigualdades estructurales, muchas personas viven en entornos marcados por la precariedad, el hacinamiento y la inseguridad. Allí donde el cuerpo está constantemente en alerta por la supervivencia, se vuelve todavía más urgente imaginar espacios que puedan ofrecer refugio, contención y calma. Un espacio que promueve sensación de seguridad puede ser un factor protector frente al estrés crónico, la ansiedad o el trauma. Por eso, diseñar con conciencia de estas realidades no es un lujo, es una responsabilidad ética.

El filósofo Gaston Bachelard, en La poética del espacio, sostiene que todo espacio verdaderamente habitado lleva en sí mismo la noción de casa. No se trata de una construcción literal, sino del territorio íntimo donde anclamos recuerdos, emociones y la memoria del cuerpo. “La casa natal ha inscrito en nosotros la jerarquía de las diversas funciones de habitar”, escribe. En los rincones de la infancia, en los techos altos de una biblioteca o en la penumbra de una sala de espera, el cuerpo revive emociones antiguas, muchas veces sin que seamos conscientes de ello.

Bachelard nos recuerda que “la casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es realmente un cosmos”. El habitar no es simplemente una acción funcional, sino una experiencia sensible y simbólica. La arquitectura toca fibras antiguas, moviliza tiempos comprimidos y activa capas de memoria y afecto que trascienden lo físico. Construye experiencias corpóreas y habitar es vincularse con lo que nos rodea.

No hay arquitectura sin cuerpos que la vivan ni ciudad sin memorias que la recorran. En tiempos donde el bienestar mental se vuelve una prioridad colectiva, necesitamos formas de habitar que no nos desconecten del cuerpo, sino que nos inviten a habitarlo con más presencia.

CUERPO, ESPACIO Y EXPERIENCIA

La convergencia entre arquitectura, neurociencia y emocionalidad abre un campo de posibilidades para repensar cómo diseñamos y habitamos. En un mundo hiperconectado pero cada vez más disociado del cuerpo, esta tríada propone una mirada integradora: diseñar espacios que acompañen los ritmos biológicos, contengan emocionalmente y fomenten la salud mental. El desafío no es solo construir, sino crear entornos donde vivir sea una experiencia consciente y reparadora.

 

Ángela Maffioli es arquitecta por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de Buenos Aires

Referencias y lecturas sugeridas

Bachelard, G. (1957). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.

Academy of Neuroscience for Architecture (ANFA). https://www.anfarch.org/

Figueiro, M. G., & Rea, M. S. (2016). Office lighting and personal light exposures: Implications for circadian entrainment. Lighting Research & Technology, 48(5), 573–584.

Salk Institute for Biological Studies. https://www.salk.edu/

Marks, F. (2020). Human-Centered Design and Neuroscience. Academy of Neuroscience for Architecture.

World Health Organization (WHO). (2023). Housing and Health Guidelines. https://www.who.int/